Acabo de ver este video http://vimeo.com/8191217.
Es jodido verlo, muy jodido. Me ha trasladado a un día por Madrid llevando a Yako al veterinario 24 horas, al lado del Congreso de los Diputados.
Era un día gris, muy gris. Presagio de lo que iba a suceder.
Entró y nunca salió de esa clínica.
Entró con su mirada dulce, ojos bajos, orejas tiesas y el pelo limpio como siempre. Porque otra cosa no, pero Yako era limpio cómo el solo.
Yako es, porque no va a dejar de ser nunca, un pastor alemán de 46 kilos, negro y marrón con una cruz de casi 40 centímetros de alza. Era un señor. Uno de esos perros señoriales que cuando los ves por la calle piensas: "que perro más bonito".
Lo acogimos junto con una perra cruce de alaskian malamute con huskie. Ella era dominante, grande, gris cielo y blanco, muy nerviosa. El era un pastor alemán delgaducho, de orejas caídas y muy acomplejado.
Entraron juntos en casa después de Nova, Simón, Drako y Bonzo.
Simón acabó en una finca sus días. Drako imagino que lo sacrificaron, porque era un cabrón y Nova, la eterna Nova, aguantó 17 años. Bonzo era el hijo de Nova y Drako.
A Nova le llamamos así, creo, por los apartamentos de Dénia Novadénia.
Increíble, 17 años. Os podéis imaginar lo que es eso, toda una vida. Cuatro camadas, de muchísimos perros, creo que la más grande fue de 14 cachorros. Era tan buena que la última camada la tuvo de madrugada en el campo, para no ensuciar.
Todavía recuerdo a mi madre tirada en el suelo con todos los cachorros encima lamiéndole la cara. Ese olor inolvidable a cachorros, a muchos cachorros. Esas patas patosas que meten las esponjillas suaves dentro de los platos con leche. Esos mordiscos en los los lóbulos de las orejas pensando que son los pezones de su madre y esa cara de Nova pidiendo perdón por los líos en que nos metía. El sonido de todos llorando a la hora de encontrar teta, y el "Uhm,Uhm" cuando van corriendo por casa. El primer ladrido de un cachorro...
Mis padres no querían, pero les convencimos para quedarnos con los dos. Ishtar, que así se llamaba la perra, murió envenenada. No dio mucho tiempo para encariñarse con ella, de hecho era bastante perra. Tiraba de nosotros con la correa puesta y nos arrastraba, a la vez mordía a Yako y le ponía nervioso.
Pero por suerte o por desgracia, la espichó.
Y emergió el señor Yako. Empezó a formarse, a marcar territorio, a pelearse con perros y hacerse el líder de la zona.
Como bien decía Encinas Galan, era "El Jefe".
Le podías llevar con la correa y no tiraba, siempre al lado. Si venía un otro perro solo le miraba. Bastaba con advertir al dueño que cogiera a su perro para que se diera cuenta que tenía más que perder que ganar.
Nunca se peleó con ninguno mientras lo paseé yo, pero con mis hermanos si.
Yako fue quien me acompañó en las noches de la montaña de Hoyo de Manzanares en ese momento que aprendes a vivir, en el momento de la vida en el que te das cuenta de la maldad de la gente, de su bondad, del dolor de pérdidas irrecuperables, de lo que quieres ser y hacia donde ir. El sonido del viento le ponía alerta, los olores dependiendo de la dirección del aire, cualquier sonido lejano lo señalaba con el hocico.
Compartimos dos relaciones enteras, mil intentos de tener novias, resacas, fue co-fundador de "la ruta del piti", cervezas con los amigos, miedos, subidas a La Tortuga, al punto de mira.
Soportó charlas, confesiones, noches enteras de fotografía en La roca. Noches buscando estrellas en el cielo, silencios, muchos silencios y preguntas; muchas preguntas que nunca contestó pero entendió desde el primer momento.
"Solo" daba la pata cuando le hablabas en casa o en el campo. "SOLO". Cómo si fuera poco.
Estaba. Con eso valía. Siempre estuvo, como un fiel amigo atento, y lo único que esperaba era esa vueltecita por el campo, libre, sin correas. Olfateando todo lo que fuera necesario, siguiendo rastros, persiguiendo zorros, jabalíes, lo que fuera.
Hasta que alguien lo puso a prueba. Se fue con la bicicleta de montaña y se lo llevó con él. Yako compitió y no dejó de correr al lado de la bici, hasta que se cansó y se paró en el pueblo.
Se había quedado sin azúcar. Le tuvimos en casa tres días con suero, le tuvieron que pinchar en el corazón para reanimarle dos veces. En el salón, tumbado, con una lampara para sujetar las bolsas que contenían los líquidos del milagro, lo único que hacía el pobre era mirarnos con cara de pena.
Yako hablaba. Aunque no lo creáis, te ponías cerca y le hablabas y el aullaba y gemía. Era el dueño del sofá, el único que cambiaba de sitio a mi padre cuando se sentaba. Tenía su sitio, y si no, se lo hacía.
Pero la carrera de la bici le dejó tocado el corazón. No podíamos pasearle cuando hacía calor, no podía ser mas de 30 minutos, se cansaba y se sentaba.
Y con el paso del tiempo se complicó la cosa hasta que sucedió lo inevitable.
Para variar le tocó a Mario. Si, el mismo que vio en directo como Bonzo, tumbado en la puerta de la cocina del patio desde que llevamos a Nova a una finca para que terminara allí sus días, reventaba por dentro su depresión y se desangraba allí. Porque Bonzo es el primer perro que me enseñó que los perros pueden morir si le quitas a quien le dio la vida, o por lo menos con quien la ha compartido.
Nos llevamos a Nova y Bonzo se tumbó en la puerta, y ahí se quedó hasta el final...
Y fue Mario quien bajó a Yako a Madrid, a la clínica. Yo era partidario de que no le alargáramos el sufrimiento más. Mario y mis padres prefirieron operarle, por si acaso. Yako no aguantó la operación y murió de madrugada.
Nos lo entregaron en una bolsa de plástico enrolladito. ¡Joder que duro es acordarse! Bajamos en el coche de Mario para llevarle en el maletero hasta Hoyo y enterrarle allí los tres. Mario, David y Samuel.
Ese orden de nombres que será eterno, luego Ruth y Diana, no se por que, pero es así.
Recuerdo el silencio de los tres saliendo por el Paseo del Prado dirección Santa María de la cabeza para coger la M-30 dirección carretera de la Coruña. Pero al llegar a la altura de Las Matas no pude más. Solo podía llorar como hago ahora escuchando Rearviewmirror en la radio de Pearl Jam. Cómo he hecho viendo el video que da origen a este texto. Como hago ahora.
Nadie me podrá dar lo que me dio Yako, lo se. Aunque tengo un amigo nuevo, que siempre se alegra al verme.
Se llama Tambo, es un golden retriever enorme, suave y pesado, muy pesado pero enormemente dulce y bueno. Un crack. El sustituto digno de Yako, el eterno Yako.
No se cuantos perros más voy a tener en mi vida, pero viendo el video me he puesto en su lugar, y es una putada. Y puedo deducir una cosa:
Algún día diré "este es mi último perro".