Isla de Lesvos.Sube a la furgoneta de producción en el aeropuerto con alguien que no conoce, se presenta, pregunta como se llama y con voz tranquila y queda, le dice su nombre.
Una hora y media de viaje hasta el hotel por una carretera repleta de curvas. Ella, mientras conduce siguiendo al autobús del equipo, cuenta y comenta las mil cosas que ha visto durante la semana. Su "no saber como comportarse" al grabar testimonios, al conocer cada historia que lleva dentro el refugiado o refugiada.
El comenta sus vivencias de hace tres meses como si viviera detrás del cristal del visor de la cámara que dispara a diario. Elige lentamente la Frase/diafragma, la velocidad de obturación/pausa y dispara con el encuadre perfecto/“llora con ellos”.
“Touche” en ella.
Llora de emoción, de rabia. De la tensión de recorrer durante 7 días todos los campos de refugiados e involucrarse con ellos.
El tercero escucha atento, y le estudia lentamente.
-Gris- esa es su sensación.
-¿Plano?- otro concepto, y finalmente, envidia. Le hubiera gustado ser un fotógrafo de conflictos. Nunca cubrió una guerra y tuvo su oportunidad. Comparando sus vidas, casi la misma edad, y muchos kilómetros recorridos por el mundo trabajando como freelance y viendo las cosas a través del objetivo, le entiende.
Empatiza con él y asiente. En uno de esos viajes, llegan a África. Malí.
-¿Es peor o mejor que esto?- Pregunta ella.
-Es- Responden los dos casi a la vez.