Isla de Lesvos.Sube a la furgoneta de producción en el aeropuerto con alguien que no conoce, se presenta, pregunta como se llama y con voz tranquila y queda, le dice su nombre.
Una hora y media de viaje hasta el hotel por una carretera repleta de curvas. Ella, mientras conduce siguiendo al autobús del equipo, cuenta y comenta las mil cosas que ha visto durante la semana. Su "no saber como comportarse" al grabar testimonios, al conocer cada historia que lleva dentro el refugiado o refugiada.
El comenta sus vivencias de hace tres meses como si viviera detrás del cristal del visor de la cámara que dispara a diario. Elige lentamente la Frase/diafragma, la velocidad de obturación/pausa y dispara con el encuadre perfecto/“llora con ellos”.
“Touche” en ella.
Llora de emoción, de rabia. De la tensión de recorrer durante 7 días todos los campos de refugiados e involucrarse con ellos.
El tercero escucha atento, y le estudia lentamente.
-Gris- esa es su sensación.
-¿Plano?- otro concepto, y finalmente, envidia. Le hubiera gustado ser un fotógrafo de conflictos. Nunca cubrió una guerra y tuvo su oportunidad. Comparando sus vidas, casi la misma edad, y muchos kilómetros recorridos por el mundo trabajando como freelance y viendo las cosas a través del objetivo, le entiende.
Empatiza con él y asiente. En uno de esos viajes, llegan a África. Malí.
-¿Es peor o mejor que esto?- Pregunta ella.
-Es- Responden los dos casi a la vez.
Hola Lesvos.
Han pasado muchos días desde que estuve por allí.
Un naufragio enorme en Libia, como predijo Óscar, con cuerpos que el mar no quiere y devuelve a su entorno como si intentara sacudirse el marrón de un muerto, o peor, de miles de ellos. Refugiados que quieren volver a su país porque Europa no es lo que les habían dicho… Muchas cosas.
Probablemente fuera su destino. Personas que “nadie quiere”, ni siquiera el Mediterráneo.
Un Mar que se comporta como los dirigentes de Europa. Un Mar que no entiende de razas, ni de idiomas, de guerras o dramas personales. Un Mar que no quiere saber el dinero que pagan ni para qué lo han hecho. Un Mar que, al fin y al cabo, se ríe de la promesa de mejorar en Europa.
En Lesvos vi competición entre la propia gente que iba a ayudar. Una competición absurda por quien hacía más, con menos dinero. Quien ayudaba más. Quien era mejor que el otro.
Me enseñaron envidias, dinero tirado y como lo usan las ONG´S “millonarias”, lo tarde que llegaron, y lo “malísimos” que son.
He visto campos de refugiados vacíos de más de 4 millones de euros,
y pueblos preciosos con gente encantadora y con una sonrisa constante pese a que, bajo las piedras de sus costas, se esconde la vergüenza de una política inhumana y ninguna ayuda para los que vienen. Ayuda que tampoco les llegaba a los habitantes de Lesvos cuando “la crisis de los inmigrantes” no había comenzado. Porque en Lesvos, no todas las carreteras principales son de asfalto.
| Carretera a Skala Sikamineas |
La verdadera historia de Lesvos.
Propietarios de “playas enteras” que consiguen atrapar en sus redes de pesca a los malditos conseguidores y que la única manera de que le entreguen a la policía o a los militares es “sacando la barca con dos motores de 500Cv de su costa para que no contamine su zona de buceo”. Ni un comentario de si es un hijo de la gran puta, o si es una gran persona. Saca la barca de lo mío, que me jode el ecosistema y mi manera de vivir. Gente llana. Una barca, pescado, mercado, dinero.
Lo malo es que, la gente que nos contaba estas cosas, los que salvan a los que huyen buscando algo mejor en Europa, se planteaban marchar a Libia porque SABÍAN que empezaba a moverse por allí la misma gente que facturaba 5 millones al mes con el tráfico de personas.
Y ¡zas!, como predijo Oscar, el primero en la frente.
Es triste ver como se convierte en algo “normal” una portada en la prensa, con gente muerta en una playa después de haber recorrido cientos de kilómetros andando, horas de angustia en una barca de mierda para 10 personas con 50 en ella, frío y miedo. Mucho miedo.
Esperanza.
Esperanza que, al llegar a una isla sin infraestructuras, se trunca.
Esperanza que les llega al ver en sus televisores la gran mentira del bienestar europeo.
Yo he visto sonreír a más gente en Costa de Marfil, Malí o Senegal, que en muchos de los países del mundo donde he trabajado. Y sin embargo, pensamos y vendemos que aquí estamos mejor, que esto es mejor.
Dad una vuelta por Baku, Dakar, Sikasso, Kayes, Mopti, Bamako, Valladolid, Haití, Seim Reap. Hoian, Delta del Mekong o Sapa y buscad una sonrisa más pura que la de los niños de esos lugares. No tienen parques, ni juguetes y todavía son ignorantes del “bienestar” europeo.
Europa. Ese lugar donde miramos a otro sitio cuando la cosa se pone fea. Lo hicimos con los Balcanes, La primera guerra mundial, la segunda, Siria, Turquía con los Armenios…
Después de Lesvos, confirmo lo que viví en África. A nadie nos importa una mierda y cuando lo vemos en la prensa, somos super solidarios.
Lesvos, ese lugar donde te das cuenta de que nadie quiere hacer frente a los problemas antes de que ocurran y no después de la muerte.
Seguiré mintiéndome, y aplicaré mi teoría de que solo se ayuda estando donde hay que estar. Si vas después de verlo en la prensa, es demasiado tarde.
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